
España, en un ejercicio de paciencia, doblegó una muralla. La selección española estuvo más de una hora picando piedra hasta que Villa encontró el resquicio por el que agujerear la portería de Portugal. Para llegar hasta ahí hubo que atravesar el desierto. Primero, con un arranque fulgurante. Después, pasando la cuarentena en un largo periodo antes del descanso en el que las ideas y, sobre todo, la velocidad, abandonaron a España.
Tras el refresco, a Del Bosque se le encendió la bombilla. Tomó una decisión dolorosa sentando a Torres y sacando a Llorente. Fue mano de santo. El partido no era para el gigante del Athletic, pero se supo adaptar e hizo las veces de grúa, bajando balones, y de faro, permaneciendo en ataque y abriendo espacios.
Coincidiendo con su salida, llegó el gol de Villa. Portugal, por fin, se vio obligada a salir de la cueva. Llegó la hora del tiquitaca, la especialidad de la casa. Sólo en los últimos cinco minutos, fruto del cansancio y de los estertores de Portugal, hubo sufrimiento controlado. ¿Cristiano? Bien, gracias. De vacaciones.
Tras el refresco, a Del Bosque se le encendió la bombilla. Tomó una decisión dolorosa sentando a Torres y sacando a Llorente. Fue mano de santo. El partido no era para el gigante del Athletic, pero se supo adaptar e hizo las veces de grúa, bajando balones, y de faro, permaneciendo en ataque y abriendo espacios.
Coincidiendo con su salida, llegó el gol de Villa. Portugal, por fin, se vio obligada a salir de la cueva. Llegó la hora del tiquitaca, la especialidad de la casa. Sólo en los últimos cinco minutos, fruto del cansancio y de los estertores de Portugal, hubo sufrimiento controlado. ¿Cristiano? Bien, gracias. De vacaciones.
Pocas selecciones son capaces de aguantar sin arrugarse el traje cuando las cosas no salen. Le ocurrió a España en un primer tiempo agobiante. Tras un comienzo chispeante, los portugueses dieron paso a una "Mourinhada". Una buena organización defensiva y pelotazos arriba, a ver si sonaba la flauta. Ante eso, La Roja aportó lo que mejor sabe hacer: el toque. Sucedió que el pase-control se ejecutó a una velocidad desesperante y previsible. Se veían los pases antes de que sucedieran. Las tres o cuatro veces que hubo una cierta capacidad de sorpresa, apareció la imprecisión. Ni un sólo balón tuvo el marchamo de "último pase".
El desgaste que ese juego produce en el equipo que tiene el balón es nocivo. Hay que tener el sistema nervioso de acero inoxidable. La tentación hubiera sido hacer la guerra cada uno por su cuenta. De ahí al desorden, un paso.
La selección mantuvo el tipo y salió igual en la segunda parte. Del Bosque dejó pasar un tiempo prudencial, exprimió lo poco que le quedaba a Torres y sacó a Llorente. El cambio era lógico a todas luces. El partido pedía un Llorente y no un Cesc. Pero Del Bosque aceptó porque el chico se adaptó al encuentro como un camaleón. El primer balón que tocó, un cabezazo, estuvo a punto de mandarlo a la red.
Pocos minutos después, una jugada de paciencia, con toques y más toques en la frontal, acabó con Villa dentro del área y rematando dos veces. Una, la sacó Eduardo. Otra, ese mismo rebote, lo metió el Guaje con suspense. Por fin, la calma tenía premio.
Portugal se vio obligada a improvisar y España voló como un albatros, tocando, tejiendo y entreteniendo. En ese periodo dulce, mereció marcar para no sufrir al final. Fue una angustia irreal. Poca cosa. El premio, doble: los cuartos de final y un estilo innegociable. Gracias a Fernando Llorente.
El desgaste que ese juego produce en el equipo que tiene el balón es nocivo. Hay que tener el sistema nervioso de acero inoxidable. La tentación hubiera sido hacer la guerra cada uno por su cuenta. De ahí al desorden, un paso.
La selección mantuvo el tipo y salió igual en la segunda parte. Del Bosque dejó pasar un tiempo prudencial, exprimió lo poco que le quedaba a Torres y sacó a Llorente. El cambio era lógico a todas luces. El partido pedía un Llorente y no un Cesc. Pero Del Bosque aceptó porque el chico se adaptó al encuentro como un camaleón. El primer balón que tocó, un cabezazo, estuvo a punto de mandarlo a la red.
Pocos minutos después, una jugada de paciencia, con toques y más toques en la frontal, acabó con Villa dentro del área y rematando dos veces. Una, la sacó Eduardo. Otra, ese mismo rebote, lo metió el Guaje con suspense. Por fin, la calma tenía premio.
Portugal se vio obligada a improvisar y España voló como un albatros, tocando, tejiendo y entreteniendo. En ese periodo dulce, mereció marcar para no sufrir al final. Fue una angustia irreal. Poca cosa. El premio, doble: los cuartos de final y un estilo innegociable. Gracias a Fernando Llorente.
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